miércoles, 12 de mayo de 2010

SUICIDIO Y EUTANASIA

Se admita o no la existencia de un derecho a morir, éste debe ejecutarse a través de la eutanasia y contando con la concurrencia de, al menos, dos personas: la una, el enfermo incurable y atormentado a quien también le podríamos identificar como el sujeto paciente; y, la otra, la persona que lleva a cabo la técnica eutanásica, que sería el sujeto agente. Pero si en esta dualidad prevalece la figura del sujeto paciente que expresa su decisión de morir y requiere el concurso de otra persona, podríamos estar frente a un suicidio con la ayuda o cooperación de otra persona; mas, si la actividad del sujeto agente resulta primordial para la consecución del objetivo buscado, podríamos estar frente a un homicidio con el consentimiento de la víctima.

Frente a esta situación, personalmente, nos parece extrema la posición de quienes observan estas dos posibilidades con un sabor predominantemente delictivo, siendo así que no puede dejarse de lado o ignorarse que la muerte se produce por compasión para con el moribundo, enfermo o lesionado a quien se le ayuda positivamente a ejercer un personalísimo derecho a morir porque aquel ya no puede vivir con dignidad, constituyendo más bien un acto de suprema caridad, una obra de misericordia cumplida con el paciente.

Patéticos son los procesos que culminaron con absoluciones de los acusados y que han apasionado en los últimos años la opinión pública de gran número de países en los que se discute, se trata de estos temas, y cuando se producen hechos concretos son juzgados por los jueces y tribunales antes que por periodistas desinformados que opinan sobre todos los temas sin conocer nada de Derecho o de leyes. Aún en esos casos, la prensa sensacionalista y que vive de los escándalos, ha narrado, con no oculta simpatía el gesto homicida de los que por presuntos motivos de piedad y compasión pusieron fin con la muerte a los terribles sufrimientos de pacientes aquejados de dolorosas enfermedades incurables.

CUELLO CALÓN[1], refiere algunos de casos muy sonados: “Aún perdura el recuerdo de las clamorosas absoluciones, la de Carol Ann Paight, homicida de su doliente padre canceroso sin esperanza, absuelta por el jurado de Bridgeton (Connecticut) el 8 de febrero de 1950; la del Dr. Sander, médico reputado y estimado, que a iniciativa propia, movido de piedad hacia una incurable enferma de cáncer aquejada de terribles dolores, inyectó en sus venas cuatro decímetros cúbicos de aire, causándole la muerte; su sensacional proceso, comenzado ante el jurado de Manchester (New Hampshire) el 20 de Febrero de 1950, terminó con una absolución, acogida con gritos de entusiasmo; la del músico Eugenio Braunsford, juzgado por el jurado de Detroit, acusado de haber dado muerte, con un tiro de revólver en la nuca, a su hija paralítica; también por la misma época fue juzgada y absuelta Irene Williamson, de 19 años, que en Dewsbury (Yorshire), así mismo, “por piedad”, mató a su madre, cancerosa desahuciada. En febrero de 1951, en Bondy (Francia) una anciana de 83 años, Laure Ouf, enferma de cáncer en el páncreas y de úlceras en el estómago y en el intestino, tullida por completo, fue muerta a petición suya por su hija Susana, que le había curado con cariño y admiración admirables, procesada ésta e internada en una casa de salud, se suicidó a poco de la terminación de su internamiento. Tan solo Edmundo Vatalegna, que en 1951, dio muerte en Roma obedeciendo a sus súplicas a su esposa enferma de cáncer, sin esperanza, atormentada por horribles sufrimientos, primer caso de homicidio eutanásico, fue condenado a la pena de seis años de reclusión, condena que por considerarla excesiva originó una irritada reacción popular”.

Afirma CUELLO CALÓN que en estas y otras absoluciones que se han dado en el siglo pasado se reconoce o al menos parece reconocerse que la eutanasia, practicada por motivos elevados, por compasión humanitaria o por sincera convicción profesional, constituye un hecho efectuado de acuerdo con la moral y, “jurídicamente, una causa de justificación del homicidio o, cuando menos una causa de exclusión de la culpabilidad”, temas estrictamente jurídicos sobre los que volveremos más adelante. No obstante, por el momento dejemos consignado nuestro criterio de que, de llegar a presentarse un caso real para resolución de los tribunales penales de Ecuador, sin temor a equivocarnos, tendríamos que concluir que el rigorismo legal terminará por imponerse sobre cualquier otra consideración de compasión humanitaria que hubiere animado al sujeto agente, independientemente de las serias e inocultables limitaciones en cuanto al conocimiento de la Teoría del Delito que podría conducir a un fallo exculpatorio sobre la base de una exclusión de culpabilidad por falta del dolo en clásica concepción del Art. 14 del Código Penal, en cuanto no hay designio de causar daño, sino todo lo contrario pues lo que se buscar es hacer un bien liberando al sujeto paciente de un dolor o un padecimiento ineludibles.

[1] CUELLO CALÓN, Eugenio. TRES TEMAS PENALES, Casa editorial Bosch, Barcelona 1985, página 125

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