viernes, 23 de abril de 2010

PRESENTACIÓN

Fue como si se les hubiera contratado a plazo fijo.
De pronto sus riñones y, luego, paulatinamente,
sus demás órganos vitales, dejaron de funcionar.
No pudo ya eliminar líquidos.
Los períodos de sueño se hicieron más prolongados;
no comía nada. Dejaron de alimentarle con sonda,
nada asimilaba, nada eliminaba.

Cuando la ví por última vez, los médicos habían
decidido practicarle una traqueotomía para “alimentarle”
por la fuerza, mientras sus manos y pies permanecían
amarrados a la cama, en tanto se retorcía de dolor.

En un momento que abrió sus ojitos, me reconoció y me dijo:
“Dígales a sus hermanas que me dejen morir.
Ahí está el papá y me pide que me vaya con él”.

Estoy convencido que la figura de mi padre,
muerto 40 años atrás, estaba en la puerta de la habitación
y le pedía que le acompañara a la eternidad.

Pedí a los médicos que eliminaran las torturas
y martirios a los que le habían sometido contra su voluntad.
A los dos días viajó con mi padre a la eternidad.

Entonces me prometí algún día escribir
sobre el derecho de las personas a morir en paz,
dignamente, tranquilamente.

A mi madre bendita dedico este trabajo.


Quito, Junio del 2006

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