sábado, 24 de abril de 2010

INTRODUCCIÓN

La antigua concepción de la muerte como un misterio ha dejado de ser tal; si bien es verdad desde siempre fue motivo de preocupación y aún ahora lo es, la pérdida de la vida se la asume como un hecho natural e inevitable con el cual se debe confrontar el ser humano y su allegados, desde el momento mismo del nacimiento. Y si esto afirmamos de la muerte, en igual sentido se encaminan todos los pensamientos, sentimientos y efectos que le están vinculados; así, el miedo, el dolor, el sufrimiento que infundía la sola mención de la muerte se han modificado en los últimos tiempos. Hacer frente a la muerte ha adquirido una concepción distinta. “Por mucho que perturbe a nuestra propia idiosincrasia, mellada por la estrategia general del ocultamiento, ‘la vida es sentida a través de la experiencia presentida de la muerte”[1]. En la actualidad, podría decirse que las personas enfrentan con valentía el fenómeno de sus propias muertes y las de sus allegados, y ello porque como hace notar el profesor argentino citado, “el hombre es constitutivamente capaz de percibir de manera positiva su propia muerte. Rescatar la certidumbre de la muerte implica retrotraer a sus exactas dimensiones la angustia difusa y anónima que subsiste a su proscripción oficial de la vida cotidiana de los hombres. Y equivale a socializarla auténticamente. No ya como un río que, oscura y discretamente va a dar a la mar, sino como suceso individual que se multiplica, conmoviendo y engrandeciendo a cuantos mantengan relación afectiva, de intercambio de pensamiento, de obra, de lenguaje, con cada individuo en particular”. Esta actitud se hará más notoria en el futuro, como vaticina Antonio BERISTAIN “En el futuro comprenderemos cada vez más que el concepto de morir es equívoco y plurivalente. La vida es un bien, pero la muerte no es sólo, ni principalmente, la privación de un bien. El morir es también dar, darse, es amar, es un bien, es la culminación del vivir.”[2]

Igualmente, pero por efecto de los avances que ha experimentado la Medicina y el conocimiento humano, se ha tratado de prolongar al máximo la pérdida inexorable de la vida. Enfermedades que antes eran consideradas como mortales, en sí mismas, han dejado de serlo. En otros casos, su irremediable efecto, se ha demorado en el tiempo por meses y años prorrogando la vida por medios artificiales, científicos o técnicos de tal manera que hay quienes sostienen que morir se ha vuelto, para quienes pueden afrontar los gastos, un tema mucho más complicado de lo que hace un siglo fue, cuando las personas, en su inmensa mayoría morían plácidamente en las camas de sus propias alcobas, sin mayores complicaciones, aunque sí resignaciones, y ello porque la muerte no se podía evitar ni se podía demorar. Y esto, pese a que no siempre la vida prolongada artificialmente por unos meses más, tenga ni de lejos un recuerdo mínimo de lo que realmente significa vivir a plenitud. “Los extraordinarios progresos que en las últimas décadas se han producido en las ciencias en general y, en particular, en las ciencias de la salud han tenido gran repercusión en la sociedad y en su sistema de valores. Hoy en día, es posible curar enfermedades que hace pocos años no eran curables, la edad media en nuestro medio es muy elevada, los avances notables en el descenso de la mortalidad neonatal e infantil, el retraso del momento de la muerte por medios técnicos muy sofisticados, etc. Todo ello hace surgir y reavivar el debate en asuntos controvertidos para la sociedad, donde ocupa un lugar preferente la eutanasia”[3].

En la actualidad, la moderna ciencia y tecnología han creado algunas posibilidades para pacientes terminales y para sus familiares; pero, al mismo tiempo, esas mismas posibilidades han iniciado debates y posiciones doctrinales, legales, judiciales, éticas y médicas, en temas muy delicados como lo que significa la eutanasia en sus distintas formas, la buena muerte, la muerte con dignidad o la muerte asistida. En la eutanasia existe el ánimo de causar la muerte del paciente para poner fin a su dolor; “la vida se abrevia de modo directo e inmediato para eliminar el dolor: el sufrimiento se extingue con la vida”, a decir de CUELLO CALÓN, quien señala que éste es en realidad el verdadero problema jurídico que se discute con exaltada pasión, porque la pregunta fundamental que debe responderse es: ¿es lícito disponer de la vida de un enfermo sin esperanza de salvación para poner fin a sus angustiosos sufrimientos?. (TRES TEMAS PENALES. EL PROBLEMA PENAL DE LA EUTANASIA. Bosch Casa Editorial, p. 135). Por ello, dejando de lado otros ámbitos de reflexión, centraremos nuestra atención en las transgresiones contra la vida antes de que concluya biológicamente y de un modo natural, principalmente en los aspectos jurídicos vinculados con tan delicado tema.

Así como la vida del ser naciente es asediada o suprimida por medio de la anticoncepción y del aborto, también, a la vida en su proceso se opone la eutanasia, con la pretensión de añadir al derecho a la vida un derecho sobre la vida, el cual se manifestaría, en el un caso, por medio del suicidio, cuando el sujeto autodestruye su propia vida; y, la eutanasia, que pretende justificar otro nuevo derecho, el derecho a matar, cuando se trata de una vida declinante y sufriente, esto es la de moribundos adoloridos, sin descartar que en algunos casos de lo que se trata es de eliminar, definitivamente, un dolor insoportable, o suprimiendo una vida miserable y sin sentido, adjudicándoles previamente a sus titulares el calificativo de “muertos espirituales” dando por hecho que sus vidas carecen de valor.


[1] NIÑO Luis Fernando, EUTANASIA MORIR CON DIGNIDAD, Consecuencias jurídico-penales, Editorial Universidad, pág. 62; citando a VIDAL Marciano, El “más acá moral” de la muerte, pág. 231
[2] BERISTAIN, Antonio: Eutanasia: dignidad y muerte, pág. 17
[3] SUÁREZ SUÁREZ, Antonia: Artículo intitulado “Disponibilidad sobre la propia vida y el derecho a morir con dignidad”. http://www.juridicas.com/areas, citando la circular 3/95 de INSALUD, sobre Comités asistenciales de Ética.

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