lunes, 26 de abril de 2010

CLASES DE EUTANASIA

Esta clasificación, siguiendo al profesor NIÑO[1], toma en consideración dos pautas básicas: el autor y la actitud adoptada respecto del curso de la vida.

a) Según la primera de estas clasificaciones tendríamos que distinguir entre eutanasia autónoma, que sería la preparación y provocación de la propia “buena muerte”, sin intervención de terceras personas; y, eutanasia heterónoma, en la que habría acción o participación de otra u otras personas. El autor citado hace notar que prefiere estas denominaciones a las de “suicida” u “homicida”, “por la sobrecarga de desvalor que pesa sobre estos términos”, señalando que la autónoma debe dejarse de lado porque es “materia ajena a todo tratamiento jurídico-penal racional”.

b) De acuerdo con la actitud asumida frente al curso de la vida, debe mencionarse en primer lugar a la eutanasia solutiva, así denominada por NIÑO, y que otros autores la identifican como “pura”, “lenitiva”, “auténtica” o “genuina”. Ésta sería la “consistente en el auxilio en el morir desprovisto de todo efecto de abreviación de la parábola vital. Mitigar el sufrimiento mediante calmantes que no incidan en la duración de ese decurso, controlar las sofocaciones o espasmos, asistir psicológica y/o espiritualmente al enfermo o anciano, son expresiones de eutanasia solutiva”[2]. Frente a esta eutanasia que conlleva un deber moral y jurídico, tendríamos otra a la que denominaríamos resolutiva, que se caracterizaría por “incidir en la duración de dicho plazo, sea reduciéndolo, sea suprimiéndolo, en interés del enfermo o anciano y con su consentimiento previo y autodeterminado o el de sus representantes legales”[3]. Ésta sería la eutanasia activa directa, que es realidad la típica porque es la que esencialmente da pie a todos los problemas éticos, sociales, religiosos y desde luego a todas controversias jurídicas posibles, porque “supone una acción positiva para acortar la vida de un enfermo terminal, con intención directa de ello, con su consentimiento expreso o tácito”[4].

También se considera la eutanasia activa indirecta como la acción que trata de aminorar el sufrimiento del paciente terminal, con el conocimiento de que el tratamiento empleado para ello puede, como efecto secundario, producir la muerte del mismo.

En cambio, la eutanasia pasiva u ortoeutanasia parte de la base de la omisión de tratamiento médico que facilite la prolongación de la vida del paciente terminal, con lo que se acelera el desenlace mortal.

Quede claro que estos tipos de eutanasia nada tienen que ver con la llamada eutanasia eugénica que supone producir la muerte de una persona con una finalidad de salud social, generalmente, de seres subnormales, enfermos psíquicos, deformes, tarados, cuyos descendientes por fatal ley de herencia serán nocivos o peligrosos para la sociedad; y, la eutanasia económica que supone la eliminación de enfermos terminales, viejos, inválidos, que constituyen una grave carga económica, para la sociedad en general y para sus familiares en particular. Estas dos clases de eutanasia, junto a otras “clases” de eutanasia como la selectiva (que extermina a quienes no sean “pura sangre”), la judicial (que aplica la muerte sin dolor) no pueden incluirse en el campo de la eutanasia porque constituyen una expresión de barbarie que parte de una inhumana selección basada en un intolerable racismo, o en la eliminación despiadada de las llamadas “bocas inútiles” en sociedades que han dejado de lado los más elementales sentimientos de convivencia civilizada entre seres humanos semejantes, más allá de que creamos o no que todos somos hijos de un mismo Dios creador[5].

Tampoco es aceptable que refiriéndose a las finalidades eugénicas o económicas, sin mayor análisis, se eche tierra sobre el tema para eludir su tratamiento en profundidad y terminar rechazando la legalización de una eutanasia activa directa en la que prima una intención que tiene por finalidad anticiparse a la llegada de una muerte segura, suprimiendo, sin dolor, y previo consentimiento, los sufrimientos de quien padece de enfermedad o lesión incurables. Éste concepto de la eutanasia en la que prima la intención debe necesariamente distinguirse de la técnica eutanásica en la que prima el método consistente en producir la muerte por vía indolora. La distinción es importante para que no se desdibuje el concepto ni se lo confunda con lo que no son más que aplicaciones de la técnica eutanásica a casos en los que se desea provocar la muerte dando paso a la extinción indolora de las vidas depauperadas a las que ya nos hemos referido. “Para que pueda hablarse de eutanasia en su verdadera acepción, que es la que aquí fundamentalmente nos interesa, han de coincidir el método y la intención: el método de la muerte indolora y la intención de evitar el dolor insufrible que padece aquel al que se aplica”[6].

No puede negarse que la eutanasia existe en todas las sociedades del mundo aunque no se cuente con datos estadísticos de las muertes que bajo el concepto general o específico se producen permanentemente. Hay una insoslayable “cifra negra” de actuaciones tipificadas penalmente pero que no son perseguidas ni castigadas; más aún: hay países en los que se habla abiertamente del tema y se admiten las muertes piadosas que quedan en la impunidad y ninguno se atreve a investigar porque se las tiene por “buenas”, o por “compasivas”, como cuando familiares del fallecido se sinceran con allegados poniendo al descubierto que al familiar se le desconectó los instrumentos que le mantenían con vida artificial, o que se dejó de suministrarle medicamentos que prolongaban una inexistencia intolerable para el individuo y sus familiares que no podían soportar indefinidamente una dolorosa situación de esa naturaleza. En Francia los jurados populares absuelven sistemáticamente a los que por compasión provocan una muerte eutanásica, en tanto que son muchísimas las voces de personas que creen que el doctor Jack Kevorkian y su máquina del suicidio prestaban invalorable ayuda a quienes requerían de su concurso, hasta que el médico fue juzgado y condenado. Igualmente, hay médicos que empiezan a admitir lo que la profesión mantuvo antes en secreto: que los médicos a veces matan a los pacientes que piden morir, o que les ayudan a que se quiten la vida”[7], lo cual queda cubierto por un espeso velo de impunidad porque ninguno será tan ingenuo de darlo a publicidad, si los certificados médicos que se confeccionan dan cuenta de muertes naturales y jamás nadie investiga si ello es verdad o no. Imaginemos lo que ocurriría si a un Fiscal ecuatoriano se le ocurre verificar, de oficio, si todos los certificados médicos en los que se hace constar como muerte natural prestan mérito para ser tenidos por verídicos, siendo así que en muchos hospitales públicos, proverbialmente desatendidos y desabastecidos por décadas, los pacientes terminales pierden la vida porque no cuentan con dinero suficiente para comprar una medicina que les alivie el dolor o que prolongue la miserable existencia por unos días más. Por ello, simplemente se les deja morir. ¿Acaso no es esa una eutanasia pasiva, socialmente disimulada?.

[1] Obra citada, pág. 82.
[2] NIÑO, ob. cit., pág. 83
[3] Es interesante la diferencia entre solutivo y resolutivo a la que alude el profesor argentino para establecer esta subclasificación de eutanasia, tomando como base el Diccionario de la Lengua Española: resolutivo alude al medicamento que tiene la virtud de resolver, es decir, de hacer que se disipe, desvanezca, exhale o evapore una cosa.
[4] SIERRA GIL DE LA CUESTA, Ignacio. Obra Citada
[5] Por ello resulta incomprensible que grupos de fanáticos que pululan en algunos países pretendan ignorar que parte del evangelio del nacional-socialismo fue la “eutanasia nazi” llevada a la práctica por el Dr. Brand, director de ese programa específico, que causó decenas de miles de víctimas. En la página 3ª de la edición de EL UNIVERSO correspondiente al Viernes 28 de abril del 2006, se publica una carta titulada “Elogian a Hitler” que tiene el siguiente texto: “En las vidrieras de una librería del centro de la ciudad [Guayaquil] se destacan libros que promueven el fascismo y el nacionalsocialismo, es decir, la ideología de Hitler. Entiendo muy bien que no se puede establecer una censura sobre libros (eso es precisamente lo que los nazis hacían), pero los medios deberían alertar a la ciudadanía para que sepa quiénes se prestan para divulgar estos materiales, donde por ejemplo se dice que los judíos son una raza inferior, se niega el genocidio que cometieron los nazis y se propone resucitar esa ideología”.
[6] www.muertedigna.org/textos/euta67.htm, pág. 2
[7] DWORKIN, citado por SIERRA GIL DE LA CUESTA, estudio citado.

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